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13 de September de 2017

Tierra para los extranjeros: Dinámicas emergentes en la Sierra Nevada de Santa Marta

Siempre he sido crítico de los procesos colonizadores y esta postura no enmascara una xenofobia oculta: hay una frase bien interesante atribuida al escrito uruguayo, Eduardo Galeano, ‘‘Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘‘Cierren los ojos y recen’’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia’’. Ahora volvieron, esta vez sin la Biblia, pero bajo el discurso impetuoso de preservar el medio ambiente. 

La política nos ha enseñado sus intereses reales. Desde hace por lo menos 5 décadas los políticos del departamento se inclinaron por la Comisión V del Senado, donde está el tema de los baldíos y en base a eso poder reorganizar las tierras a su beneficio. Se quedaron con toda la parte plana, las llanuras y las tierras de vegas. La tenencia de la tierra es un debate abierto que cada día adquiere mayor significado. La tierra es sinónimo de poder, de fortaleza, respaldo y economía.

Les dejaron a los campesinos; a los indígenas, colonos y afros, las tierras de montaña y allí se crearon dinámicas territoriales entorno a la familia, al espacio, al modelo de vida y a la supervivencia del campo. Superaron la violencia, las bonanzas y las enfermedades. Les quedó el territorio, que visto desde la teoría antropológica, está dotado de significado y hacen parte de las dinámicas culturales. Es toda una identidad la que se desarrolla en esos espacios. Por lo tanto el territorio no sería, por ejemplo, un asunto de reforma agraria.

Para comenzar este escrito es preciso recordar nuestro infeliz proceso colonizador: llamamos a nuestras montañas insignias, Simón Bolívar y Cristóbal Colon y tenemos una estatua de don Rodrigo de Bastidas adornando el camellón; también una estatua de los Arhuacos quienes paradójicamente no son de esta cara del macizo: pero ese lo acepto con donaire (ellos tienen más derecho que los anteriores). También algunos sitios de interés tienen estos ilustres nombres. Puedo aceptar incluso la figura de Simón Bolívar en virtud del proceso de liberación. Pero, a los otros dos, no.

En la infancia leía la historia de Túpac Amaru; también la Pinta, la Niña y la Santa María y las conquistas de don Rodrigo de Bastidas: era la enseñanza en la escuela. Cuando vi por primera vez a un indígena lo relacioné sin alma. Me aterrorizó. Compraba en una tienda y hoy, todavía es mi amigo. José María. También conocí al primer antropólogo Manuel Booder y comprendí una parte de la historia que no me habían enseñado. Súbitamente supe que existió el Cacique Cuchacique, quién fue asesinado de la mima forma que Túpac Amaru: potros cerreros amarrados de sus miembros hasta desprender las partes. La historia se hacía más cercana y más palpable: supe también que durante mi infancia, sin saberlo, caminé por las tierras de Jeriboca, Bonda, Masinga, Durama, Origua, Dibocaca, Daona, Masaca y Chengue y que he vivido durante casi toda mi vida en Mamatoco, aunque este cacique fue nombrado capitán de los reales ejércitos.

Encontré la historia de Xebo, un guerrero de Bonda que fue ahorcado y que hubo un gobernador español, Juan de Guiral, que mató 71 caciques de estas tierras. En resumen, la conquista arrasó con la identidad ancestral de Santa Marta, arrasó con la lengua y aniquiló la cultura. Masacró a los líderes naturales y dueños de estas tierras y saquearon. En recompensa, nombramos sitios en su honor y erigimos bustos a los que las autoridades desfilan cada año para llevar costosos arreglos florales y hacer memoria a través del tributo. Cualquier parecido con el síndrome de Estocolmo no es coincidencia.

En consecuencia, esta ciudad no hace memoria a sus ancestros; tampoco educa de manera correcta a los niños, pero sobre todo, no los deja cuestionar y seguimos sufriendo procesos abiertos de saqueos, como el ocurrido con la empresa MetroAgua. Esos caciques deberán estarse retorciendo en sus tumbas, o en las partes don enterraron sus extremidades.

Ahora bien, la conquista no acaba: Taganga, Minca, Bonda, Guachaca, Buritaca y próximamente don Diego, son los nuevos horizontes de los extranjeros, en mayor extensión estadunidenses, seguidos de europeos, que compran tierras por doquier con el pretexto de conservar y de preservar el medio ambiente. Por eso se adueñan de ríos, laderas y zonas con potencial turístico. Es decir que detrás de esto se esconde un negocio próspero, al que han denominado el oro verde.

La playa que va desde la desembocadura del rio Piedras, al lado del Parque Nacional Natural Tayrona, hasta el río Don Diego, es básicamente de los extranjeros; en Minca una ha., de tierra pasó de costar 10.000.000 a 150.000.000 millones y aquí surge un problema real: ¿quién tiene la capacidad adquisitiva para competir con eso precios? El tema surge con mayor preocupación en virtud de los permisos de construcción y los registros inexistentes en Dian. No se sabe cómo están entrando la plata para hacer esas millonarias comprar porque a través de los bancos y de manera legal, no es.

Taganga no es de los Tagangeros y Minca tampoco es de los Minqueros. A los, dos poco a poco, lo han ido desplazando de las zonas estratégicas y los han culminado a las laderas; a las afueras. ¿Qué va a pasar con la herencia y la identidad campesina e indígena?

El tema se puede entender desde la incapacidad Estatal, departamental y distrital por atender las zonas rurales. A ninguno de los tres les importa: no son electoralmente importantes. Por eso contamos con un Viceministro de Desarrollo Rural, que se preocupa por llevar bienestar y recursos a las tierras bajas, dónde están sus intereses y donde están sus barones electorales. A donde llega también Agro Ingreso Seguro.

Hace unos días conocí a un alemán; un tipo de avanzada edad que vive solo. Todos los domingos compra el periódico el Tiempo como esperando una noticia. También logré ver que a su alrededor había libros de Adolfo Hitler. A la pregunta de ¿por qué vivía solo y si no le daba miedo que se perdiera algo? Su respuesta fue: aquí hay una cosa bien interesante con los paramilitares, sí, ellos matan, pero aquí no se pierde nada. Yo dejo esto solo y nunca se me ha perdido nada.

Otro está comprando toda la franja derecha de un rio, incluso está limitando la movilidad porque esas son ahora sus tierras y es una propiedad privada. Y uno se pregunta ¿por qué venden si la tierra es el alma y la identidad campesina? Y la respuesta salta a la vista cuando se ven las casas cayéndose, las mangueras que traen el agua que no les cabe una pega más y el monte, más alto que los arboles milenarios.

En la franja de va de Neguanje a Palomino hay dos puentes de guayas: uno a la altura de la vereda la Esmeralda y el otro, cerca de la vereda Quebrada del Sol.  El primero, un sendero necesario para el cruce del rio piedras; el segundo, del rio Buritaca. Los dos tienen dos condiciones: fueron hechos por los paramilitares y están que se caen. Lo mismo ocurre con las vías terciaras. Fueron los paramilitares quienes las hicieron y quienes las mantenían. Una vez estos se fueron se taparon y no hay quien los arregle.

Quienes llevaron la electricidad a los campesinos, paradójicamente fueron los paramilitares. Inversiones altísimas en postería, cable y trasformadores. Plata que salió del narcotráfico y de las extorsiones, pero es lo más cercano en atención básica que los campesinos han recibido.

Los gobernantes se han preocupado más por la ciudad que por la zona rural. A las comunidades no les llega sino pequeñas migajas y esto hace que se ven obligadas a vender sus territorios. En Colombina no hay una Ley que limite la compra de la propiedad por parte de extranjeros; tampoco ninguna que la haga seguimiento a las formas de compra y la manera como entran y legalizan el dinero. Eso sigue siendo un misterio.

Los gobernantes políticos deben entender la impetuosa necesidad de comprender el territorio en torno a la función de identidad cultural. Lo que significa la tierra y la historia que trae a su paso. Regalarles una pala o un machete sigue siendo una muestra de mezquindad a quienes por derecho les debemos el aire, el agua y parte de la comida que consumimos. Estos extranjeros si saben lo que compran, por eso no escatiman esfuerzos. Y mientras este distrito no comprenda su función vital de lo rural, en torno a la armonía y el equilibrio, lo va a seguir regalando.

De modo que el tema está abierto y mientras se lee este artículo hay un gringo comprando tierras y montando su imperio. Tierras por las que muy posiblemente pagaron impuesto a las Bandas Criminales y pagan también para su protección. Tierras que pasan a ser un bien privado, que como tal, ahí si gozan de todos los beneficios por ley. Nada de esto estuviera ocurriendo si los gobernantes hubiesen volteado su mirada al campo; al campesino, al afro, al colono, al indígena y en vez de darles migajas les hubieran dado posibilidades reales de créditos, cultivos y porque no, enseñarles turismo para que en vez de vender su tierra, la hubieran proyectado de una manera diferente y sostenible.

Vaya usted ahora a volver a comprar una finca que previamente compró un extranjero: así ponga los ahorros de toda su vida, su herencia familiar e hipoteque la casa, no le va a alcanzar. Si un extranjero lo roban o pone una queja las autoridades administrativas y de policía corren a atender el percance. Si un campesino hace lo mismo, le toca pasar por casi todas las dependencias y hablar con casi todos los funcionarios y al final el resultado es bastante diferente. Mientras a uno le solucionan el problema de manera oportuna e inmediata, al otro lo desplazan o lo matan.                

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