En los últimos 30 años la bahía samaria ha sido sometida a una sobrecarga de usos y alteraciones que tienen amenazadas sus funciones ecológica, económica y recreativa. Aún están en mis recuerdos los temidos “pescadores” con dinamita de la Playa de los Cocos en los 70 y 80, que iban tras los -ahora casi desaparecidos- cardúmenes de lisas y lebranches. Después vino la famosa draga China. Ella mejoró el canal de acceso al puerto, y amplió la playa decenas de metros con sedimentos y lodos profundos, sin que nos contaran los efectos que éstos podrían tener sobre la salud de los bañistas. Luego llegó el embarque irresponsable del carbón. Nos trajo, entre otros, polvillo disperso a tutiplen por toda la ciudad; vegetación aledaña afectada; pavimentación abusiva de las ensenadas del Ancón y Taganguilla; miles de tractomulas atravesando y destruyendo la malla vial de la ciudad; hundimiento de barcazas en mitad de la bahía; y, para rematar, la salida obligada del INVEMAR de Punta de Betín, ante la afectación permanente del carbón sobre sus instalaciones y equipos.
Por si eso fuera poco, la bahía recibe directamente las aguas lluvias de la ciudad con todo lo que ésto implica para la calidad bacteriológica y física del agua, y su efecto sobre la salud humana. Esto sin contar el eterno vertimiento de las aguas negras que aún siguen desbordandose por los sectores de la calle 10; amén de la descarga, al sur de la bahía, de la principal cloaca de la ciudad: el Río Manzanares.
No podemos olvidar otros cambios físicos a los que ha sido sometida la bahía: La chambona construcción de espolones sin estudios serios previos; la construcción de la Marina mediante un proceso que más pareció una imposición a la fuerza que un acuerdo entre partes interesadas; y, naturalmente, la afectación de la línea costera y de playa por desarrollos arquitectónicos recientes sin un claro ordenamiento urbano.
En los últimos años, la realización de eventos públicos masivos, como festivales y conciertos, sobre el único pedazo de playa accequible que nos queda, pareciera estar sellando la suerte definitiva de la bahía y sus playas..
Como idiotas, aún repetimos aquello de que tenemos la bahía más linda de América. Ésto podrá ser válido para quien no la conoció antes, pero para quienes nacimos y crecimos aquí, el estado actual de la bahía y sus playas nos genera verguenza y dolor.
Y como idiotas, seguimos creyendo que nuestra vocación turística es innagotable, pues,a pesar de lo ocurrido en la bahía, no hemos querido aprender la lección. El proceso destructivo lo estamos repitiendo en diferentes puntos de la ciudad. ¿O es que en el El Rodadero el asunto es diferente?; ¿y qué decir de las playas de Taganga?; ¿o acaso no hemos visto las pilas de basura en las playas de Arrecifes y Neguanje?; ¿o ya se nos olvidaron los intentos –hasta ahora semidetenidos- de desarrollos turísticos en el Parque Tayrona?
Si no entendemos que los turistas que nos visitan durante todo el año lo hacen motivados, principalmente, por la maravillosa oferta natural de playas y bahías, y no por el cemento y asfalto del que dispongamos, estaremos condenados a desaparecer como el destino turístico de naturaleza que siempre hemos dicho querer ser.
Durante años hemos entregado toda la responsabilidad sobre la protección y uso sostenible de nuestros recursos naturales a las autoridades locales, regionales y hasta nacionales. El desastre no ha podido ser mayor. Por eso, los ciudadanos estamos obligados a asumir nuestra responsabilidad y participar activamente en el cuidado y respeto de la ciudad y sus recursos. La ley nos dá ese derecho, y las iniciativas ciudadanas son la herramienta adecuada para lograrlo.
Hay innumerables iniciativas de éste tipo que ya hoy lo están haciendo. Solitarias, en silencio, con las uñas, pero con mucho amor por la ciudad. Unamos fuerzas, participemos sin egoismos de las ya existentes o, si lo queremos, organicemos nuestro propio grupo con amigos y familiares y actuemos por el bien común. “¿Qué hice hoy por Santa Marta?” debe ser la pregunta que nos hagamos en nuestro momento diario de reflexión. Dejemos de lado los discursos, los lamentos, y los señalamientos apasionados. Más bien actuemos desde ya, movidos por el sueño de dejarle a nuestros hijos un espacio donde puedan disfrutar a plenitud el privilegio de haber nacido en la Tierra del Olvido. ¿Quién dijo yo?
Carlos Flores
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