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25 de Mayo de 2020

Mi pecado fue ser negra y ser virgen

Eliasí y su historia

Mi mayor recuerdo de infancia fue cuando me vi por primera vez a un espejo: era negra; mi cabello no era como el de la hija de la señora Raquel; el de ella era lacio y amarillo y su piel era completamente diferente a la mía. Vivíamos cerca y jugábamos todos los días, nunca mi color fue un impedimento. Así crecía.

Vivía con mi papá, mi mamá, una hermana 2 años mayor y, después de mí, uno cada año. Cuando tenía 8, Ramona tenía 7, Wilson 6, la pequeña Sandy 5, el negro Miguel 4, Filomena 3 y Pedrito 2. Éramos 10 felices negros que vivíamos de las manos de mi papá y sus sembríos de ñame, yuca y plátanos y de las papayas, con las que mi mamá hacía dulces y salíamos a venderlas con Yesilet, mi hermana mayor, por las empolvadas calles de ese pueblo.

Nosotros no nacimos aquí, salimos huyendo de la violencia en los Montes de María. Allá quedó enterrada parte de mi familia. A mí abuelo lo mataron los paracos y con él, la alegría de Augusto; su nieto, hijo de mi tía Abigail. Nunca le hicieron daño a nadie. Augusto era recochero, no había malicia en sus ojos, todo con el eran risas.

Una mañana salió con el abuelo y cada uno con su burro, iban a arrancar una yuca en unas tierras que mi abuelo tenía en lo alto de la montaña. Hasta allá llegaron los guerrilleros y le compraron; le pagaron bien: estaban muy contentos. Regresaban con los burros cargados de yucas y con plata en sus bolsillos, era un día bueno para ellos pese al inclemente sol que quemaba. A la mitad del camino se encontraron con un grupo de paramilitares quienes empezaron a ultrajarlos con palabras y a preguntarles donde estaba la guerrilla, Augusto, sin malicia, les señaló el lugar y les dijo que le habían comprado unas yucas; les mostró el dinero, tenía 13 años. Lo siguiente que sintió fue un culatazo de un fusil en la frente, se fue de bruces. Mi abuelo se arrojó a él implorando por su vida, que si iban a tomar una vida que fuera la de él, no la de ese muchacho imprudente que no había vivido.

Quien estaba a cargo de los paramilitares vio en esa escena una posibilidad enorme de hacer un daño irreparable. Augusto fue cortado vivo en pedacitos y con cada grito rasgaban el alma de mi abuelo que incansablemente llamaba a Dios. Cuando terminaron, le dijeron que recogiera las partes y las echará en un saco. Él hizo lo que le pidieron, luego le dijeron que quitara un bulto de yuca y de contrapeso de la carga montara el ensangrentado saco donde estaban los restos de Augusto.

Ese día le quitaron a mi abuelo, la plata, un bulto de yuca, el alma y la inocencia de Augusto. El mismo lo enterró unos metros más abajo pues no podía llevárselo así a mi tía. Lo lloramos meses y meses, mi abuelo, solo hablaba para llorar, envejeció rápido, no quería vivir.

Un día afiló su machete, toda una mañana buscando el filo perfecto, le daba y le daba y con cada pasada de lima seguro veía la imagen de Augusto gritando mientras cortaban sus carnes. Ese día mi papá dijo a mí mamá: echen en costales todo los que podamos llevarnos porque esta noche nos toca irnos de aquí, algo advertía en la conducta de mí abuelo. Le habían contado que los paramilitares habían regresado y estaban en el mismo punto donde mataron a Augusto. Mi tía, pese a que intuían que mi abuelo iba a buscar venganza, no quiso irse, mi papá sí y a las 8 de la noche estábamos rumbo a otro departamento, sin decirle a nadie nuestro rumbo, creo que ni mi papá lo sabía, llegaríamos hasta donde nos alcanzarán unos cuantos pesos.

Esa noche, cuenta mi papá, mi abuelo se fue a hablar con el comandante, no tenía cita, pero se aventuró a ir. Cuando estaba cerca de él sacó el machete y se abalanzó al tipo, pero uno de sus escoltas se adelantó y le disparó. No sufrió, pero tampoco logró su cometido. Esa misma noche el comandante dio la orden de acabar con esos hp., negros y así fue como se llevaron a mi tía. También ella quería morirse; los dos querían eso.

Llegamos al mercado y un señor le dijo a mi papá:

          -ve negro, trabaje, deje de pedir plata-.

Mi papá humildemente le respondió:

          -déjeme vivir en su tierra, yo le siembro yuca, ñame, plátanos, limpio sus potreros-.

El tipo hizo un gesto de desaprobación, dio la vuelta y se fue. A los 10 minutos regresa con panes, gaseosas, queso, sardinas y nos dio de comer, luego le dijo a mi papá:

          -recoja su familia que nos vamos-.

Era el esposo de doña Raquel, era un santandereano de esos que no volverán a nacer. De apariencia ruda pero de corazón noble. Llegamos a su finca, después de caminar más de unas 2 horas, era de noche y llovía. La señora Raquel hizo comida para todos y esa noche dormimos en unas colchonetas que nos pusieron dentro de su casa. En la mañana mi papá se levantó temprano y se dispuso a trabajar, en lo que fuera. Don Ezequiel llamó a mi papá, le decía negro, y fueron hasta un costado de la finca donde había una casa sucia y enmontada, le dijo: está será su casa y de aquí nadie lo va a sacar, arréglela y apenas este lista, se pasa a vivir ahí. Necesita unas hojas de zinc y un plástico, ollas para cocinar y dos puertas, al medio día se las traigo del pueblo. Así crecimos.

Don Ezequiel murió tres años después, cuando tenía 11 años. Antes de morir pidió respeto por nosotros y que nos midieran 5 ha., de tierra, que mi papá se las había ganado trabajando. Y así fue. Dice mi mamá que cuando don Ezequiel agonizaba los llamó y les dijo. De aquí nadie los va a sacar, está es mi última voluntad, pero ustedes seguirán siendo unos negros para los paramilitares y para el resto de las personas, cuide a sus hijos y proteja a sus hijas. Eso mis papás no lo entendieron hasta que lo vivieron en carne propia.

En mi fiesta de trece años, había una torta pequeña y abundante comida. Esa noche llegaron dos mujeres, una era la enfermera de los paramilitares; la otra, su hija. Hablaban con mi papá y mi mamá, habían llegado en dos camionetas repletas de paramilitares. Me llevaron: no alcancé a comer torta. Entre llanto mi papá me abrazo y me dijo que todo estaría bien, que era un sacrifico que iba hacer por la familia, que en unos días llegaría y todo seguiría normal.

Al otro día me bañaron, como si yo no supiera hacerlo. Me desnudaron y me pasaban duro un estropajo, como queriendo quitar algo malo de mi piel, me rasuraban por todo el cuero, incluso allá abajo, yo nunca había hecho eso, me llenaron el pelo de cosas raras y me lo manoseaban tanto que hasta la cabeza me dolía.

Al otro día, la misma faena y así por 3 largos días. No sabía lo que pasaba. Le pregunté a la enfermera y me respondió:

          -usted siéntase afortunada porque el patrón la quiere a usted, usted va a ser la mujer del patrón-.

Después de mucho años me enteré que al patrón le contaron de unas niñas vírgenes que crecían en uno de sus pueblos de influencia y que él había dicho que nunca se había acostado con una negra, que a él eso le daba asco, que ¿cómo sería esa experiencia?. Los otros les dijeron:

          -vea patrón, esas negras son buenas en la cama, no pierda la oportunidad; es más, nosotros se la preparamos bien chimbita y se la traemos y usted mira, si es capaz le hace, si no, nosotros nos la llevamos otra vez y no pasa nada-.

          -tráigala entonces, pero que sea señorita-.

A los tres días me llevaron a una finca, estaba muy asustada, nerviosa, pero la enfermera me había dicho todo lo que iba a pasar y lo que podía y no podía hacer. No se le ocurra besar al patrón, no lo toque, déjelo que el haga lo que quiera, él no la va a matar. Eso le va a doler un poquito y a él le gusta que se quejen, entonces si le duele cuando estén en el acto, grite. Eso le gusta a él.

Era una finca muy bonita, me habían comprado ropa nueva y me sentaron en una silla casi detrás de la casa, había mucha gente de su seguridad, que me miraban y balbuceaban, sentía terror. Como a la hora salió el patrón y la enfermera habló con él, luego me señaló. Llegó hasta donde estaba y sin musitar una sola palabra metió su mano en mi pecho y me apretó un seno, sonrió y dijo:

          -no, yo no soy capaz-.

Me sentía humillada y llena de vergüenza porque todos soltaron las carcajadas. Luego me volvieron a montar en la camioneta y cuando nos disponíamos a salir, alguien dijo.

          -Déjela, que se vaya para el cuarto y se empelote, el patrón decidió hacerle la vuelta-.

Yo hice lo que me pidieron, me quité la ropa y lo esperé en una cama. El tipo llegó y me alumbraba con una linterna de arriba abajo, luego prendió la luz y me pidió que caminara; lo hice, estaba aterrada. Luego me tiró en la cama y me abrió las piernas bruscamente, sentía que algo me quemaba; el dolor era intenso y así estuvo encima de mí por unos minutos. Después se quedó quieto mientras vaciaba su arma en mí, no hubo ni una sola caricia, se levantó, se cambió y dijo:

          -la camioneta la está esperando, váyase-.

Como pude me puse la ropa, tenía 13 años y era mi primera experiencia sexual. Salí y todos me miraban de una forma rara y murmuraban. Al subir a la camioneta la enfermera me dio unos pesos y me dijo.

-Al patrón no le gustó, si le hubiera gustado le hubiera regalado plata. Por eso no le da nada. Usted no puede decir que se acostó con el patrón porque la manda a matar y a su familia también, eso para él es un desprestigió, mire y verá que todas las mujeres de él son blancas y bonitas.

Me devolvieron esa misma noche a mi casa, mis papás sabían lo que había pasado y me acogieron. La enfermera venía todos los días, debía asegurarse de no estar embarazada del patrón, afortunadamente eso no pasó. Al menos de algo sirvió mi daño: mis hermanas se libraron de esto porque al patrón y a sus demás comandantes blancos les daba asco las negras.

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