¿Tienen los políticos alguna frontera moral?
Durante más de veinte años, Colombia vivió atrapada entre dos grandes relatos políticos. Se nos hizo creer que entre el petrismo y el uribismo existía una frontera infranqueable, una diferencia moral tan profunda que cualquier acercamiento resultaba imposible. Millones de colombianos hicieron propia esa confrontación: rompieron amistades, dividieron familias y defendieron con pasión una u otra orilla, convencidos de que entre ambos proyectos existía una diferencia ética insalvable.
Sin embargo, bastó una elección para las mesas directivas del Congreso para recordar una de las grandes verdades de la política tradicional: las fronteras ideológicas suelen ser mucho más rígidas para los ciudadanos que para los políticos.
Las imágenes de dirigentes de sectores históricamente enfrentados celebrando juntos sorprendieron a buena parte del país. Más allá de la aritmética parlamentaria o de la legítima necesidad de construir mayorías, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué motivaciones políticas hicieron posible una alianza que hasta hace pocos días parecía impensable.
No es la existencia de acuerdos lo que preocupa. La democracia necesita acuerdos. Lo inquietante es cuando esos acuerdos parecen desdibujar los principios que durante años justificaron la confrontación política.
¿Qué es el Petrouribismo?
El petrouribismo no es una alianza entre Petro y Uribe. Es una nueva definición de la vieja política colombiana. Este artículo propone el concepto "Petrouribismo" como una categoría para describir una práctica recurrente de la política colombiana: la subordinación de las diferencias ideológicas a la conservación del poder.
Es una forma de entender la política en la que el poder termina siendo más importante que las convicciones.
Es el momento en que el enemigo irreconciliable de ayer se convierte en el aliado circunstancial de hoy porque los intereses del poder así lo aconsejan.
Es cuando las convicciones dejan de ser principios para convertirse en simples estrategias de campaña.
Es el instante en que las fronteras ideológicas desaparecen frente a las fronteras del poder.
Y esa quizá sea la mayor preocupación.
Porque si durante años se pidió a millones de colombianos asumir al adversario como un riesgo para la democracia, ¿qué explicación merece que hoy esos mismos sectores encuentren espacios de coincidencia cuando están en juego posiciones de poder?
Naturalmente, cuando alianzas de esta naturaleza aparecen de manera tan inesperada, los ciudadanos comienzan a preguntarse qué otros acuerdos podrían surgir en el futuro. ¿Se trata únicamente de gobernabilidad? ¿De un reparto burocrático? ¿De cálculos electorales? ¿O existen motivaciones que la opinión pública aún desconoce?
No corresponde al columnista responder esas preguntas. Corresponde a quienes ejercen el poder ofrecer la transparencia suficiente para que los ciudadanos no tengan que formularlas. En una democracia sólida, las decisiones públicas deben inspirar confianza, no alimentar sospechas.
Hay una frase que resume el fondo del problema: el poder no corrompe las convicciones; simplemente revela cuáles nunca existieron.
La democracia no comienza a deteriorarse cuando los políticos hacen acuerdos. Comienza a deteriorarse cuando los ciudadanos dejan de creer que esos acuerdos responden al interés general y empiezan a sospechar que únicamente buscan preservar el poder.
Quizá el verdadero problema no sea el petrismo. Ni el uribismo.
Quizá el verdadero problema sea el petrouribismo: esa vieja cultura política colombiana capaz de sacrificar cualquier principio, cualquier discurso y cualquier enemigo histórico si a cambio obtiene una cuota de poder.
Quizá dentro de algunos años este episodio no sea recordado por el nombre del presidente del Senado o de la camara ni por la composición de una mesa directiva.
Quizá sea recordado como el día en que millones de colombianos comprendieron que el petrismo y el uribismo podían seguir enfrentándose en las plazas públicas mientras una parte de sus dirigentes encontraba la manera de entenderse en los salones del poder.
Porque el verdadero Petrouribismo no consiste en que dos proyectos políticos se pongan de acuerdo.
Consiste en demostrar que, para cierta clase política, las diferencias ideológicas terminan exactamente donde comienza la posibilidad de conservar el poder.
Y si esa termina siendo la nueva normalidad de nuestra democracia, la pregunta ya no será quién gobierna Colombia.
La verdadera pregunta será otra:
¿Existe todavía alguna frontera moral que nuestros dirigentes no estén dispuestos a cruzar con tal de conservar el poder?
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