El club de mis amores, el Unión Magdalena, conocido también como el Ciclón bananero, viene desempeñando una campaña que nos ha puesto a soñar una vez más con regresar al torneo de la A.
El Unión Magdalena vive una de las mejores temporadas de los últimos tiempos, y lo más emocionante de todo es que la vive en su tierra, pues gracias a la gestión de la directiva, ha vuelto a jugar en su ciudad. Esto ha despertado la pasión por el Ciclón en las nuevas generaciones, todo un logro considerando que, desde el 2006, el equipo parece haberse quedado a vivir en la B y en esas condiciones es muy difícil tener una hinchada joven, porque como lo estipula la lógica del mercadeo deportivo: “nadie se hace seguidor de un equipo que no gana”.
Hace unos días, mis hijos, de 16 y 11 años, me pidieron que los llevara al estadio porque querían ver jugar al Unión. Accedí encantado, y de inmediato se me alborotaron los recuerdos de mis días en el Eduardo Santos. Acá van algunos: en sombra general y numerada se presentaba algo muy cómico, pues cada cual tenía su puesto asegurado en todos los partidos, independientemente de la hora de llegada de los primeros o del número que les había correspondido a los segundos; como buen goloso, las ventas de conchís, de las morcillas de sal o dulce, de la buti, el raspao y el mango biche tienen, igualmente, un claro lugar en mi memoria. Y, por supuesto, también los rituales que hacían parte de todos los partidos, donde les “recordaban la madre” al árbitro o a los jueces de línea si alguna jugada afectaba al equipo bananero. También me acuerdo como si fuera hoy del “calienta boyé” –la sirena de la barra samaria–, del ritmo de la tambora, de las peleas en la tribuna de sol… Y es que siempre había espectáculos en torno al show central, así que cada ida al estadio se convertía en una experiencia inolvidable.
El Unión hace parte de mis mejores recuerdos, de modo que ver que en mis hijos nace hoy toda una pasión por el equipo, me hace tremendamente feliz. Ahora piden la camiseta del Unión y no la del Real Madrid, la Juve o el Bayern –entre otros clubes europeos que despiertan su interés–, y tienen tan clara la alineación del Ciclón como la de todos estos equipos del Viejo Continente. Todo esto me emociona, porque puedo compartir con ellos lo mismo que sentí cuando mi papá me llevó al estadio por primera vez. El día que yo llevé a mis hijos, pasamos una tarde inolvidable: el Unión ganó y ellos estaban dichosos portando sus camisetas con orgullo. Espero que atesoren esa tarde en sus recuerdos, así como yo la tengo ya grabada en los míos.
Más allá de la nostalgia y de la emoción que me produce el Unión como hincha, esta vez nos encontramos frente a la posibilidad real de que el Ciclón Bananero vuelva a jugar en la A. Una esperanza que tenemos no solo los hinchas sino los equipos rivales, a quienes el descenso de equipos tradicionales y con hinchada como el Unión o, en su momento, el América de Cali, también los perjudicó en términos de taquilla y de despliegue del espectáculo.
Lastimosamente, la felicidad no es completa, porque el escenario donde se generarán estos nuevos recuerdos y vivencias no es el estadio Eduardo Santos, sino el Sierra Nevada: un estadio a medio terminar, en la mitad de la nada, con pésimas vías de acceso, sin rutas de transporte, en el que no hay parqueaderos ni agua en los baños, y donde los periodistas deportivos comparten con el público en sus improvisadas “cabinas de transmisión”. Y es que el estadio Sierra Nevada refleja bien lo que han sido las dos administraciones del cacareado cambio: pura bulla y obras a medio terminar, como los puestos de salud, la 22 o la megabiblioteca… pero eso será tema de otro día. Hoy, me quedo con esta nueva y fresca brisa que nos trae el Ciclón.
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