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27 de Febrero de 2022

El cambio hacia el atolladero es imparable

En una de sus visitas a la ciudad de Santa Marta, el entonces candidato a la presidencia de la república Álvaro Uribe Vélez le preguntó al ex presidente del Congreso Miguel Pinedo Vidal, que cómo iba la campaña en el Magdalena, a lo que el entonces senador respondió con un parte positivo; no obstante, con el sano humor que caracteriza al expresidente antioqueño, este replicó: “Miguel, pero que no pase como la vaca en el pantano, que entre más patalea más se atolla…”

Así las cosas, para nadie es un secreto el atolladero en el que se encuentran Santa Marta y el Magdalena.

Para ser sincero, es un poco tedioso opinar sobre política local, teniendo en cuenta que desde hace muchos años no resido en la perla del caribe, sin embargo, lo anterior no es óbice para analizar desde un punto de vista más académico que político las actuales circunstancias de atraso, pobreza y polarización que viven los samarios y los magdalenenses.

La idea de estas líneas no es la de buscar culpables, porque responsables somos todos, como tampoco, enfrascarme en una discusión bizantina sobre las falencias y aciertos de los de “antes” y los de “ahora”, aunque hay que reconocer que los de ahora, son los de antes, porque más de dos lustros tristemente célebres en el poder valida lo afirmado.

El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente, señaló el extraordinario historiador y político inglés, John Dalberg-Acton, más conocido como Lord Acton, máxime cuando una sola persona absorbe todo el poder que de dos entes territoriales se derivan. Aunque toda regla general tiene su excepción, como lo veremos.

El país tiene claro que quien funge actualmente como Gobernador del Magdalena, terminó por concentrar para sí mismo la administración seccional y local, lo que en un estado de derecho y en una democracia avanzada resultaría un tanto peligroso, específicamente en lo atinente a la canalización e inversión de los recursos públicos, sin perjuicio de otros excesos que ese caudillismo popular trae consigo.  

Anteriormente, ser Acalde o Gobernador era una dignidad per se, independientemente de lo que se hiciera o dejara de hacer en el ejercicio del cargo, toda vez que no existía la descentralización territorial como hoy la conocemos, producto de la marcada centralización política de la Constitución de Nuñez y Caro, sancionada por el General samario José María Campo Serrano en 1886.

Las cosas han cambiado, ser el jefe de lo seccional o local implica una serie de responsabilidades que, en primera y última medida, están ligadas al ascenso de una región.

La gran diferencia con Barranquilla radica en que su clase dirigente hace parte del sector privado empresarial, lo que genera un ingente grado de conocimiento, conciencia y responsabilidad de que el crecimiento de la ciudad en materia económica y desarrollo sostenible está directamente relacionado con el éxito de sus intereses, por tal razón, la capital del Atlántico es una de las ciudades más importantes de América Latina en lo que a inversión nacional y extranjera se refiere, además del resto de sus atractivos por ser Distrito Industrial y Portuario.

En Barranquilla invierten, allá es palpable lo que los alcaldes hacen con los recursos de los barranquilleros. 

Aunque en la capital del Atlántico las cosas no fueron siempre color de rosa.

Barranquilla tuvo los mismos problemas que hoy padecen Santa Marta y el Magdalena: extrema pobreza, atraso, polarización, corrupción, falta de compromiso y liderazgo, ausencia de inversión, populismo electoral, etc., hasta que los mismos barranquilleros decidieron apostarle al siglo XXI, lo que generó un consenso entre las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales de la ciudad, trayendo como resultado la urbe que hoy el país y el mundo conocen. No en vano se dice que Barranquilla es el mejor vividero del mundo.

Barranquilla es un ejemplo para el país. No es la ciudad del grupo Serfinanza u Olímpica S.A., como perversamente se le señala, es la ciudad de los barranquilleros, porque fueron estos quienes decidieron conquistar “las estrellas”, y, lo mejor de todo fue que lo lograron porque “tu papá Junior” ya tiene nueve luminarias en el corazón del río magdalena.  

Sin embargo, además del esfuerzo de los barranquilleros hay que reconocer el compromiso y la extraordinaria labor del ex ministro, ex senador y ex gobernador del Atlántico, Fuad Ricardo Char Abdala y sus hijos frente al éxito de Barranquilla y el Atlántico.

Así las cosas, mientras la arenosa está en manos de todos sus ciudadanos, de una clase dirigente y empresarial honesta y responsable, Santa Marta y el Magdalena, ¿en manos de quién o quiénes están?

A partir de este momento el fin propuesto en estas líneas se torna un poco odioso toda vez que, en los actuales momentos de extremismos e insensatez nacional, cualquier opinión o sana crítica se asemeja al disparo de un rifle, sobre todo, cuando hay intereses de por medio, lo que en palabras del maestro Carlos Gaviria Díaz, me parece completamente deplorable.  

El mesianismo político es tan viejo como el vino, incluso, la antigua Roma no fue ajena a él, pero, infortunamente, la historia de la humanidad es fiel testigo del daño que esto ocasiona.

La ciudad dos veces santa, otrora, fue el epicentro de alternancia política de varias de sus más prominentes familias que ayudaron a edificar ese suelo patrio.

Faltaría a la verdad y sería injusto desconocer los aportes realizados por varios de sus más ilustres dirigentes, tales como José Benito Vives de Andréis, los hermanos Edgardo y Alfonso Vives Campo, Miguel Pinedo Barros, Miguel Pinedo Vidal, José Ignacio Díazgranados Alzamora, Juan Carlos Vives Menotti y Juan Pablo Díazgranados Pinedo, quienes pavimentaron la ciudad y el departamento, construyeron vías, escenarios deportivos, escuelas y colegios distritales, hospitales y puestos de salud, barrios y ciudadelas, le abrieron las puertas al turismo nacional e internacional, ayudaron a gestionar los terrenos para la construcción de nuevas universidades, donaron becas para que cientos de personas de escasos recursos pudieran acceder a los más altos niveles de la educación superior, la ciudad se convirtió en D.T.C.H., con las connotaciones que en materia de transferencias esto significa, entre otras.

Así mismo, siendo gobernador del Magdalena el Dr. Miguel Pinedo Vidal, se realizó una ampliación en 13 metros de ancho a la carretera Santa Marta – Ciénaga, infortunadamente, no pudo llevarse a cabo la construcción de la doble calzada hasta Barranquilla por problemas de orden socioambientales en la zona.

De igual forma, es importante resaltar las contribuciones realizadas por el ex ministro de Comercio, Industria y Turismo, actual presidente ejecutivo de CAF – banco de desarrollo de América latina, Sergio Díazgranados Guida, la ex ministra María Claudia Lacouture Pinedo y el entonces Alcalde de Santa Marta, Juan Pablo Díazgranados Pinedo, respecto de la gestión de los recursos para la reconstrucción y remodelación de una de las obras insignes y más queridas por los samarios: el Teatro Santa Marta, erigido en su momento por don Pepe Vives De Andréis. 

Como manifesté al principio, hace años que me trasladé a la ciudad de Bogotá, pero de vez en cuando no dejo de visitar a la tierra que me vio nacer, no obstante, cuando hago un recorrido por la ciudad, no es mucho lo que Santa Marta ha cambiado, como pretenden hacerla ver quiénes se visten de color naranja, con excepción de un par de centros comerciales.

Ciertas problemáticas como la carencia del Agua, la mala prestación del servicio de energía eléctrica, la inseguridad, la inexistencia de alcantarillado, la contaminación de las playas, la pésima infraestructura vial producto del deterioro por el paso del tiempo, el incorrecto e inadecuado manejo del turismo, etc., se han acrecentado, además de la falta de oportunidades en materia laboral; la pobreza y la miseria que se respira en sus alrededores.

Ahora bien. ¿A dónde van a parar los cientos de miles de millones de pesos de los samarios y magdalenenses?

Se dice que se ven mejor los toros desde la barrera, pues no sé qué es lo que están viendo los samarios y los magdalenenses porque desde afuera vislumbramos un territorio fantasma, una ciudad relegada en el tiempo, completamente derruida, con una “nueva” clase política vinculada a escándalos por presunta corrupción, asesinatos y centenares de delitos que sobrepasan el código penal.  

Santa Marta y el Magdalena no tienen absolutamente nada distinto a lo que las familias Vives, Pinedo, Díazgranados, entre otras, les dejaron.

Con el avance de cierta doctrina de hambre y miseria en América Latina y Colombia, el grupo político que gobierna el departamento del Magdalena ha promocionado una campaña de odio, resentimiento y desprestigio al interior de la población frente a quienes fundaron ese territorio de la costa norte del país, haciendo creer que ellos son los buenos y los de “antes” los malos, con el fin de allanar el camino para continuar con lo mismo que hicieron Castro en Cuba y Chávez en Venezuela, engrosar sus bolsillos y empobrecer a los ciudadanos.

Si hay algo que deben tener claro los samarios y los magdalenenses es que se están llevando sus recursos. ¿Para dónde? averígualo Vargas. Al parecer, la ciudad y el departamento ya no son de sus habitantes.

La Alcaldía y la Gobernación están bajo el control de una sola persona, de un dictador con unos poderes exorbitantes respecto de los cientos de miles de millones de pesos que ingresan a las arcas de esos entes territoriales.

La ciudad de Santa Marta está sin agua desde hace lustros, tiene un pésimo servicio de alcantarillado y energía eléctrica, los turistas se quejan del fétido olor de sus calles, así como de la inseguridad y la desorganización; los atracos están a la orden del día, lo mismo que las extorsiones, el boleteo y los homicidios; no hay fuente de empleo, ni de ingresos, la inversión social está por el suelo, la economía y el comercio, en palabras del economista Joseph Stiglitz, avanzan en caída libre, sin contar con la grave problemática social originada por la llegada de inmigrantes extranjeros.

“El cambio”, como se hacen llamar, se gastó miles de millones en una megabiblioteca que no ha podido ser terminada, ni inaugurada. Esta infraestructura es una apología a la corrupción y a la ineptitud de los órganos de control fiscal y disciplinario.

Al parecer, los samarios se conformaron con el cúmulo de barrotes y hierros que les hicieron para distraerlos haciendo ejercicios entre la ciudad y el cerro Ziruma, así como también, con un par de parques y un monumento al agua que resulta risible para una ciudad que carece de la misma.

No hay ni siquiera calles por donde transitar, porque si no están rotas, llevan años en reparación, haciéndole conejo a los principios de planeación y transparencia en materia de contratación de obra pública.

¿Quién(es) están gobernando la ciudad y el departamento? Comparen con Barranquilla para que saquen sus propias conclusiones.

¿Hasta cuándo los samarios y los magdalenenses seguirán en el ostracismo y la inopia frente a sus propios intereses?

¿Habrá un consenso entre las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales, como en Barranquilla, para sacar adelante la ciudad y el departamento?

Santa Marta y el Magdalena están avanzando, pero hacia el despeñadero, cada vez se parece más a Cuba y Venezuela en pobreza y carencia de oportunidades, pero revisemos los bolsillos de sus gobernantes a ver el tamaño de su grosor.

El interior del país no se alcanza a imaginar lo que significa que una ciudad con una temperatura que alcanza hasta los 40ºC se quede sin luz y sin agua. Es algo totalmente inhumano.

Es apenas lógico que Santa Marta cuenta con todos los recursos naturales, la ubicación geográfica y el potencial humano para ser una ciudad acorde con el actual milenio, el problema es su mal gobierno.

Para culminar, afirman Daron Acemoglu y James A. Robinson, profesores del MIT y Havard, en su obra “por qué fracasan los países”, de lectura obligatoria, que el bienestar de una nación está relacionado con la competencia de sus líderes, toda vez que son estos quienes determinan la política económica de sus territorios.

Por tal razón, de esa política económica atinente a la correcta inversión de los recursos, ahorro, austeridad y transparencia en la renta y el gasto, depende el bienestar de los samarios y los magdalenenses.


Santiago Pérez Solano es oriundo de la ciudad de Santa Marta, Abogado de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá, Especialista en Derecho Administrativo de la Universidad del Rosario, Asesor y Consultor en materia contractual.

 

 

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