La larga espera de mis papás, ambos de la tercera edad, para que los atienda su EPS
La mayor ironía es que el lema de Nueva EPS sea “gente cuidando gente”. Ninguna de las tres frases parece cumplirse, a juzgar por la historia de mis padres. No hay “gente” que atienda las llamadas, salvo una grabación deshumanizada que suena hasta que se agotan los minutos de teléfono. Por lo tanto, nadie “cuida” a esa otra “gente” que paga puntualmente su cuota obligatoria de salud.
Mis papás, Gilberto Patiño y Lucila Orozco, tienen 90 y 84 años, respectivamente, viven en Santa Marta y llevan casi cuatro meses encerrados, acuartelados y solos, porque el gobierno nacional no ha ofrecido más solución que encerrar a todos los adultos de la tercera edad sin generar algún plan paliativo para proveerles asistencia de algún tipo.
Todos sus hijos vivimos por fuera de la ciudad. Una persona vinculada de forma lateral a la familia va una vez por semana a entregarles un mercado en el horario que tiene disponible, lo que, en medio de las restricciones, la obliga a correr para comprar lo que necesita y correr aún más para llevarles algo de comida a mis papás antes de volver a toda prisa a su casa.
A la edad de mis padres, los temas médicos son cruciales. Para eso tienen una EPS. Pero ese es, precisamente, su mayor calvario.
Hace casi dos meses pidieron la primera cita a la Nueva EPS, en Santa Marta. Después de días de insistencia por fin les contestaron y les dijeron que les harían la cita de manera telefónica, que es la nueva modalidad de atención a los adultos mayores en estos tiempos de coronavirus. Pidieron una cita para los dos.
Acordaron que los llamarían un lunes, que esperaran ese día al lado del teléfono. El día pasó y nadie los llamó. Nadie dio explicaciones.
Mi mamá volvió a llamar. Pidió una cita telefónica de nuevo. Mismo procedimiento. No llegó.
Una tía llamó a Bogotá para dar su queja. No sucedió nada, salvo decirle que les habían reprogramado la cita. Por tercera vez, nadie llamó en la fecha fijada.
Mi mamá no se rindió. Pidió respeto para dos personas en la tercera edad, con afecciones serias. Ya entendían que no podían ir a un consultorio, pero que al menos los llamaran por teléfono, pidió. De nuevo concertó una cita para los dos.
Un mes después de insistir, llamaron diez minutos a mi mamá por teléfono, le preguntaron los datos y ante sus inquietudes acordaron en enviarle unas medicinas. Por supuesto, no han llegado y nadie responde cómo ni dónde acceder a ellas. A mi papá no lo han llamado aún.
Mi mamá sigue gastando minutos de teléfono para que llamen a mi papá o para que le envíen sus medicinas. La respuesta ha sido casi la misma desde hace un mes: cuando finalmente su paciencia logra que le contesten, le reprograman una nueva cita, sin dar explicaciones de su silencio, y de nuevo incumplen.
Y eso que es población vulnerable. Y eso que es solo una llamada telefónica…
La última perla reciente sucedió cuando les programaron la cita incumplida del 26 de junio, Mi mamá, ofendida por la incapacidad de ofrecer un servicio mínimo, les pidió seriedad. La respuesta fue decirle que deberían afiliarse a un Plan de Atención Complementaria para atenderlos mejor. Si son incapaces de cumplir con lo mínimo, ¿cómo pueden pedir más pagos para una atención que comenzó siendo deficiente? No hay manera.
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