Por Carlos Flores
El sábado pasado acompañé a mi hijo de 12 años a su club de fútbol, en el pequeño pueblo donde vivimos en Holanda. Mientras él se dirigió a los camerinos yo entré a la cafetería del club. Allí encontré a varios papás y mamás de los otros niños del equipo de mi hijo. Nos saludamos de lejos. Seguí hasta la barra a recoger una taza de café que aliviara el frio matutino. Enseguida regresé a la mesa donde estaban todos. Antes de que alcanzara a sentarme ya el primero empezó a felicitarme por el premio Nobel de Paz otorgado a Santos. Todos le siguieron. Apretones de manos, palmadas en la espalda y muchas palabras de sinceras felicitaciones me dieron una calurosa bienvenida. Alguno hasta le recordó a los asistentes que este era el segundo Nobel colombiano, haciendo alusión al de García Márquez. Me preguntaban –entre otras cosas- que si el premio había sido inesperado para mí; que si los iba a invitar a una fiesta en casa para celebrar; o que si yo iría a Estocolmo el día de la entrega. Me sentí feliz de que el nombre de Colombia –una vez más- tuviera una connotación positiva entre todos.
En medio de la algarabía me preguntaron también sobre la manera como en Colombia se estaría celebrando la noticia. Debí tartamudear y debió notarse mi tristeza. ¿Cómo explicarles que la mitad del país celebraría y la otra mitad haría hasta lo imposible por amargar la fiesta? ¿Cómo explicarles que unas horas después de conocerse la decisión, ya un grupo de compatriotas tendría inundadas las redes sociales poniendo en duda la honestidad del Comité del Premio Nobel? ¿O cómo explicar que entre nosotros debatir consiste más bien en sacarnos los trapitos sucios al aire, y si no tenemos trapitos sucios pues los ensuciamos? ¿O cómo explicarles que son los egos y la arrogancia de nuestros líderes políticos de todas las corrientes los que nos tienen sumidos en esta violencia que ya dura más de 50 años?
No fui capaz de contarles toda la verdad. Debo confesar que vivo orgulloso de mi país y siempre que se me presenta la oportunidad hablo de sus bellezas naturales, su cultura, su música, de la creatividad de sus gentes…, pero esta vez preferí callar.
Regresé a casa pensativo y maltrecho. Todos estos días he pensado en esos dos microorganismos ponzoñosos que padecemos los colombianos y que parecen enquistados en nuestro ADN. El primero nos impide reconocer que somos culpables de nuestros errores y miserias. El culpable siempre es otro. Y por eso creemos que nunca debemos pedir disculpas ni perdón a nadie. Y mucho menos mostrar arrepentimiento, porque eso sería humillarnos y debilitarnos ante los demás.
El segundo microorganismo ponzoñoso es aquel que no nos permite alegramos del triunfo ajeno. ¡Envidia de la mala! como le llamamos en la calle. Para explicar su efecto refiero el cuento del genio de la lámpara que le concedió un deseo a un hombre no sin antes aclararle que, fuere lo que pidiese, al vecino se lo concedería dos veces. El afortunado hombre pensó y pensó. Luego de desechar pedir dinero, casas grandes, o carros lujosos y así evitar que su vecino obtuviera el doble de esas riquezas, se decidió y le dijo al genio: “Ya lo sé. ¡Quítame un ojo!”
La sintomatología de estos dos peligrosos microorganismos alcanza su máxima expresión entre la clase política nuestra. ¿O es que alguna vez hemos visto uno de sus representantes mostrando arrepentimiento por sus actos o reconociendo sus errores? A menos –eso sí- que esté negociando rebaja de penas por un hecho criminal. En ese caso, se activa inmediatamente la segunda ponzoña envenenada, y el político decide llevarse en su caída a quien pueda: “Si me hundo, otros se irán conmigo, culpables o no”.
El momento crucial que vive el país exige a los colombianos – y en especial a esas figuras públicas que son ejemplos a seguir para la sociedad – que hagamos un alto en el camino y nos evaluemos. Siendo sincero no espero que esa autoevaluación y cambio necesario vaya a llegar de los líderes políticos. Ninguno ha dado muestras de estar a la altura de la situación. Ninguno. Todos siguen polarizando, siguen metiendo cizaña, siguen mintiendo y actuando con arrogancia. Sus luchas por el poder los mantiene enceguecidos y alejados del deseo nacional: la Paz.
Por eso llegó la hora de buscar por otro lado ese antídoto que logre inhibir y desterrar de nuestros corazones los bichos ponzoñosos que nos afectan. Estoy convencido que el antídoto está en los jóvenes de hoy. Son ellos los que –aun siendo portadores pasivos de los bichos puesto que estos están incrustados en el ADN- representan la única esperanza de cambio verdadero para el país. El antídoto en los jóvenes tiene una composición muy particular: muchas cucharadas soperas de amor por Colombia, un trozo gigante de humildad, varias tazas de respeto por las diferencias y la pizca de malicia indígena necesaria para descubrir al falso y mentiroso.
A pesar de esto, los jóvenes colombianos que, en las últimas semanas, han decidido hacer parte de la solución a la crisis que nos embarga, deberán estar en máxima alerta para no caer en las redes de quienes siempre pescan en ríos revueltos. Muchachos, manténganse firmes, sigan siendo críticos y propositivos. No sean temerosos al dar rienda suelta a la creatividad para encontrar nuevas formas de construir un mejor país. Rechacen todo intento de polarización y siembra de odios en sus corazones. No le coman cuento a aquel que promete reconciliación cuando se refiere a sus contradictores usando lenguaje agresivo.
Pelaos, recuerden que quien quiera ganarse la confianza de ustedes tendrá que hacerlo no con palabras al viento y carreta, sino con actos de verdadera paz: Actuando con humildad y dejando a un lado la arrogancia; aceptando errores; diciendo la verdad sobre sus actuaciones pasadas y, por último, reconociendo y aceptando los derechos de los demás a pensar, actuar y ser diferentes.
Para terminar, quiero invitar a aquellos de mi generación que aún creemos en la fuerza de cambio de la juventud, para que no se nos olvide ponerle a nuestros hijos y nietos todas las dosis de la vacuna del antídoto. Solo así les garantizaremos una paz estable y duradera. ¡Lo demás es puro cuento!
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