Devolver todo lo bueno que la Unimagdalena le ha dado: el objetivo de Pablo Vera Salazar
Buscar la oficina de Pablo Vera Salazar en la Universidad del Magdalena es un ejercicio de paciencia. Está alejado del bloque administrativo 'Roque Morelli Zárate' donde están sus demás compañeros vicerrectores y su superior, el rector Ruthber Escorcia Caballero. Su oficina está al atravesar el lago del centro académico, en un espacio reducido pero lleno de gente laboriosa. Hormigas trabajadoras. Teclados incesantes.
Sin embargo y a pesar del ejercicio de minuciosa búsqueda, Vera está y no está allí. Está en el bloque Sierra Nevada, escuchando las inquietudes de los estudiantes, por el estadio de fútbol oyendo los problemas que le presenta algún estudiante o supervisando en Aracataca o en La Guajira que la marcha de los programas institucionales que lo involucran trabajen como debe ser, sobre la base de metas cumplidas. Nunca, de "horas silla".
Precisamente el cumplir metas es una especie de consigna vital. Ha sido la constante de toda su vida. Así ha sido desde el principio.
Nació en 1976, en Ibagué. De una familia que se separó por los problemas que generaba las adicciones del padre, a los pocos años se trasladó a Santa Marta. Abuela, madre, y los dos hermanos Vera Salazar, Pablo y Norma, se establecieron en la capital del Magdalena con pocos recursos. Era una lucha para subsistir, pero siempre había una impronta: el estudio.
"Siempre tuvimos claro que teníamos que estudiar para salir adelante", destaca Vera quien recuerda que para pagar la matrícula del colegio en alguna oportunidad su padrastro le dio una nevera con cerveza para vender en El Rodadero y en Playa Blanca. Recuerda, además, que por su inexperiencia varias veces sufrió el decomiso de su mercancía. La misma que le permitiría acceder a una educación secundaria de calidad, pública, pero nunca gratuita en aquellos años ochenta.
Tenía una presión: procurar ser el mejor. Cuando obtuvo una beca para poder continuar sus estudios secundarios, no podía darse el lujo de bajar de calidad. "Yo tenía que ser el mejor estudiante porque sino no estaba becado, y si no estaba becado no podía estudiar porque yo no podía perder la beca. Era una presión inmensa porque yo no iba a salir adelante sino estudiábamos", afirma Vera.
Salir adelante se concentraba en un sueño en ese momento: una casa. "A mi madre la humillaban mucho, es feo vivir arrimado que te estén sacando en cara que estás ahí, y mi sueño era tener un trabajo para comprarle una casa a mi mamá para que nunca más la maltrataran por eso".

Acompañado de la literatura de Victor Hugo (cuando leyó Los Miserables se identificó con las peripecias de Jean Valjean), García Márquez e incluso José Saramago, llegó a la Universidad del Magdalena a una lucha que era menor a las que le habían tocado anteriormente. Pero no menos intensa.
En 1995 la Universidad del Magdalena estaba en crisis. La gobernabilidad no estaba asegurada y los recursos económicos estaban mermados. Eso, sin contar que las exigencias sindicales de la época hacían inviable el centro de estudios del departamento. Incluso, el inmolado profesor Alfredo Correa de Andréis -quien fue rector por algunos meses de la Universidad- tuvo que desistir porque el recorte era tan brutal, que él no tenía corazón para hacerlo. En ese contexto, el joven Vera Salazar realizaba movilizaciones cívicas para pedir un SOS por la institución. Eran los días que los jovenes se tomaban las afueras de la Gobernación del Magdalena para exigir una solución a la hecatombe de la Unimag.
Vera lideró junto con personalidades como el entonces rector Carlos Caicedo, los asesinados Julio Otero Muñoz o el propio Roque Morelli el proceso de cambio al interior del centro académico. "Hubo un trabajo muy importante, muy fuerte de la comunidad universitaria. Hay que reconocer que el entonces gobernador Juan Carlos Vives llegó a la Gobernación a hacer una reestructuación y dio todo el apoyo. El gobernador le dio el respaldo a la Universidad a pesar de los paros y tomas, y mantuvo una férrea voluntad de apoyo. Asumió el costo político".
Al hablar de esa etapa, de convulsión, el ingeniero Vera tiene claro que "hablar de refundación es algo medio mesiánico. Las universidades se fundan cuando se fundan. Hay personas que dejan un legado importante y reimpulsan las instituciones y eso hubo, y el concepto de refundar es como volver a hacer de nuevo y eso rompe un pasado de la Universidad que era importante, gente que hacía investigación, extensión desde hacía años y eso es muy importante. Ese concepto genera ruptura".
En 2001 empezó un ciclo profesional importante en su vida. Recorriendo la región Caribe, como ingeniero civil (carrera que, al principio no entendía muy bien pero que luego, con el pasar del tiempo, se enamoró de ella), como residente en obras. "Precisamente por eso me dolió que en 2012 que un señor Canoso me mencionara como enlace de ellos con la Universidad cuando en esa época no estaba en la institución", destaca Vera, quien además expresa que la cultura de la segregación al que piensa diferente o al que disentía era otro de los aspectos que le molestaba por aquellos años.
Fue en ese ir y venir que luego, por invitación del entonces rector Carlos Caicedo, regresó a la Universidad del Magdalena como jefe de planeación en 2004. Tres años después estaba ad portas de renunciar, pero la salida del rector titular y la llegada de Carmen Yadira Romero Ávila le permitió acercarse, por primera vez, al trabajo al interior de la vicerrectoría de Extensión y Proyección Social. Tras su muerte, y el encargo de Juan Carlos Dib Díaz Granados (que renunció por amenazas de muerte) decidió respaldar al profesor Ruthber Escorcia Caballero quien hasta noviembre de 2016 será el encargado de dirigir los destinos de la institución.
Ya con una especialización y maestría a cuestas de la Universidad Eafit, y todavía con el doctorado en capilla, el vicerrector Vera le dio un vuelco institucional a su dependencia. Dejó atrás el imaginario de que la institución no podía participar en grandes proyectos.
"Recuerdo que en ese 2008 nos presentamos a una licitación por $5.000 millones y eso era una locura porque la universidad no podía, que iba a quebrar la Universidad. Yo dije que si era una locura, nos metiéramos en eso y la Universidad no se quebró y siguió adelante. El año pasado nos ganamos una licitación por más de $20.000 millones, y ya la gente no lo ven como una locura. Cuando llegué, lo máximo que había hecho la Universidad era una consultoría por $400 millones. La estrechez de miras está en no atreverse", recuerda Vera.
Y en ese sentido de atreverse se aventuró al doctorado. Y en ese propósito académico, en ese proceso de consolidar la vicerrectoría de Extensión y Proyección Social, recordó la deuda enorme que tenía con cada uno de las personas que le dieron un espaldarazo en la institución. Por ellos, al final, decidió embarcarse en el desafío más grande de su historia personal.
"Tengo una deuda enorme con la Universidad, con mis maestros, con la gente que me dio la posibilidad de salir adelante. Quiero devolverle todo a esta institución, pues esta universidad me permitió ser mejor persona. Si hubiese escuchado a los que piensan que no se pueden, seguiría vendiendo cerveza en la playa, y sería un vendedor de playa ilustado pero en la playa y mi mamá no hubiese tenido la casa que le dio impulso para validar su bachillerato, para luego entrar en la Universidad y hoy es especialista en derechos humanos. Yo quiero que la Universidad sea el espacio en el que las familias puedan cumplir sus sueños".
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