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13 de January de 2020

El tren que no faltó a la cita con la muerte

El golpe se escuchó seco y demoledor. Después, en fracciones de segundos, un silencio sepulcral. Luego, llantos y gritos desgarradores que nos pusieron los pelos de punta a pesar que flotábamos por el río Mamatoco.

Ese domingo 11 de enero de 1970 habíamos salido temprano un grupo de amigos desde el paraíso terrenal de mi adolescencia, Mamatoco, a pasear por las fincas en el Yucal. (En la Línea Negra de nuestros hermanos mayores, Mamatoco es lugar de pagamento para el entendimiento del conocimiento que dirigen y orientan los Mamos).

Días antes habíamos ingresado a una hacienda donde los mangos, de todas las especies y sabores, se pudrían en el suelo y el dueño prefería echárselos a los cerdos antes que compartirlos. En esa ocasión, al montarnos a un palo de mango, en lo alto del árbol nos esperaba una boa y al grito, ‘hey cuidado’ todos terminamos en el suelo. Aporreados y con raspaduras en el cuerpo.

Ahora era el turno del ofendido.

En una ‘operación rápida’ pelamos todos los árboles y para aligerar las cargas, los bultos llenos de mangos, los arrojamos al río Mamatoco que bajaba raudo y cristalino.

Yo era el más pequeño de todos los amigos. A mis doce años ya conocía todas las bellezas de ese mundo ancho que todavía no era ajeno. No había cerca o quebrada que nos detuviera para pasarnos el día y disfrutar de ese aire puro que hoy anhelo.

Eran las 12 del día. Dejándonos llevar por la corriente del río, bajábamos riéndonos y gritando quién había recogido más mangos, cuando escuchamos el golpe seco. Todos nos paralizamos a pesar de que la corriente, terca e inexorable, persistía en arrastrarnos.

Sin ponernos de acuerdo, todos ganamos la orilla, saltamos a tierra y empezamos a correr por los rieles calientes de las líneas férreas que salían de Santa Marta, atravesaban medio país y tenían a Bogotá como destino final. Eran las 12 y 20 de la tarde.

Todos presentíamos lo peor. Sabíamos que a esa hora pasaba el Expreso del Sol. Raudo. Una bestia desbocada e inexpugnable. Con su ensordecedor silbato. Alertando para que nadie se le atravesara en su ruta larga y triste hacia el páramo.

A lo lejos observamos varios vagones desparramados a lado y lado de la vía. Descarrilados. Cuando nos fuimos acercando palpamos la tragedia. No pude avanzar más. Quedé paralizado al ver ese panorama desolador y triste. Me puse a llorar al ver cuerpos destrozados. Mujeres y hombres sin vida. Algunos sin sus extremidades. Desparramados entre láminas y maderas del bus destrozado por el impacto del tren. Algunos, debatiéndose entre la vida y muerte, clamaban por agua. Lo más triste: muchos no llegaron a ayudar, sino a robarles las pertenencias a las víctimas.

Muchos años después supe que una familia había salido de paseo de Barranquilla, llegó a Bonda y nos les gustó el balneario. A su regreso al Rodadero, el bus tuvo problemas en pleno paso nivel del tren y tras el bestial impacto fallecieron 36 personas, 24 de ellas de una misma familia. ¡Qué tristeza!

Muchos años después, cuando ingresé a trabajar en un periódico local, tuve de compañero a una de las personas que viajaba en ese bus y que resultó ileso milagrosamente. Para no re victimizarlo nunca le mencioné a William Vargas Lleras que yo fui testigo de esa tragedia y uno de los primeros en llegar al sitio.

Ese mediodía regresé desolado a la casa, una casona grande cuyo patio, lleno de palos de mamón y mangos, colindaba con la ‘carretera negra’.  Me senté en el patio a llorar mientras iban y venían ambulancias, con sus sirenas ululando, cargando sobrevivientes y con las víctimas mortales.

Esas imágenes nunca las he podido borrar de mi mente. Otras tragedias las he logrado superar. Como la de Armero, cuyas víctimas se confundían con bultos de arroz cubiertos de cenizas. Fue algo que me costó mucho, hasta dejé de frecuentar las playas. Cada vez que veía a un bañista cubierto de arena me llegaban en oleadas los recuerdos de la tragedia que nos dejó el Volcán del Nevado del Ruiz.

A los 50 años de cumplirse esta tragedia, que nos dejó marcados, se van conociendo más detalles de la misma. Como el valiente testimonio de Alberto Lleras Noriega, quien ese día estaba de cumpleaños, recogido en su libro “El hombre que derrotó al destino”. Creo que exorcizó sus fantasmas. Sigo sus pasos para hacer lo mismo. Descargarme de las imágenes de tantas tragedias que he visto y cubierto periodísticamente.

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