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Thursday 19 de October de 2017 - 11:02am

¿Qué tiene que ver el exalcalde Álvaro Ordóñez Vives con una mujer desaparecida hace 26 años?

Como si se tratara de una película, un informante soltó pistas que podrían relacionar implícitamente al exalcalde Álvaro Ordóñez Vives con la desaparición de Clara Patiño, ocurrida el 19 de abril de 1991. Su hermano, Kike Patiño, cuenta los nuevos hechos.
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La desaparición de clara se produjo el 19 de abril de 1991, en la zona del edificio de los Bancos, en Santa Marta.
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- Después de publicar ‘Cuando Clara desapareció’ –una novela basada en la desaparición real de mi hermana hace 26 años– pensé que surgiría alguna respuesta que nos ayudara como familia a dilucidar qué le había sucedido. No fue así. Hasta ahora.

- Un informante virtual comenzó a enviarme información suelta sobre los que él considera crucial en este caso. En esta primera entrega trato de armar esas piezas sin emitir un juicio final sobre los resultados, por provenir de una fuente anónima. ¿La realidad sobrepasa la ficción?

El mensaje fue directo y simple: “Mire, leí su novela. Yo creo que sé cosas que el libro no dice”.

Le respondí de una vez. Necesitaba que ese momento y esa persona, fuera quien fuera, no se diluyera.

Desde que publiqué Cuando Clara desapareció (Alfaguara, 2017) había cruzado los dedos para que alguien ––algún alma atormentada, consciente o al menos desencantada con la vida––, completara el tremendo rompecabezas de la desaparición de mi hermana hace 26 años y me diera alguna pista concreta para saber qué le sucedió.

Clara, en las playas de El Rodadero, junto con una amiga de la infancia.

Me había hecho dos promesas si eso pasaba: no le creería todo, porque parte de mi oficio consiste en dudar, pero tampoco cerraría ninguna posibilidad, ya que cualquier indicio podía ser una pista. Tampoco haría la pregunta que espanta a todos los testigos: “¿Quién es usted y por qué sabe tanto?”.

Quería que me contara y ya miraría luego qué hacer con la información. Si quería revelarse y decir su nombre, perfecto. Si no, le permitiría el anonimato. Después de casi tres décadas de silencio cualquier palabra era bienvenida.

Le contesté algo muy sencillo e incluso formal, más largo de todas formas que su línea veloz de texto: “Mil gracias por leerme. Si quiere contarme detalles que desconozco, estaré encantado de saberlos. No fue una investigación fácil, algunos cabos deben haber quedado sueltos y sería importante para mí cerrar ese episodio”. No revelaré su nombre, añadí.

Esperé tres días y el personaje no volvió a escribir. Cuando mi hermana desapareció, como relato en la novela, la romería de personas que tenían “algún indicio” de su paradero fue creciendo hasta volverse un circo de proporciones nefastas: decenas la habían visto en algún lado y pedían a cambio algún dinero por la información. Los explotadores y los avivatos surgieron en medio de la tragedia y magullaron el corazón de mi familia con sus mentiras. Alcancé a pensar que era otro de esos.

La primera revelación

Clara, en primer plano, el día de mi grado en Santa Marta, con nuestra familia.

Al quinto día reapareció. “Andaba ocupado. Ya no estoy tan seguro de contarle todo, pero búsquese una noticia en El Tiempo del 16 de octubre de 1990. Yo la encontré buscando. Parte de lo que pasó está ahí (Lea la nota original). Le digo que esa gente está viva, la mayoría. Prefiero darle pistas para que usted arme la historia”.

¿Pistas de qué tipo? ¿Notas de diarios viejos?

Yo había rastreado todos los periódicos y apenas El Informador de Santa Marta publicó en aquel momento una noticia escueta sobre la desaparición de mi hermana en la crónica roja. Siempre temimos una segunda nota si algún día encontraban su cuerpo, pero eso jamás sucedió. En El Tiempo había encontrado información genérica de la época. Busqué el artículo, pero recordé que ya lo había visto. La diferencia es que ahora alguien me decía que no era un documento más, sino que ahí había una clave.

Lo releí. Hablaba de la posesión de Álvaro Ordoñez Vives como gerente de la Central de Transportes de Santa Marta. La nota no señalaba a nadie por el escandaloso retraso de diez años en la entrega de la obra ––en cuya oficina mi hermana trabajó hasta minutos antes de su desaparición––. Básicamente, recogía la primera rueda de prensa de aquel gerente. “Todo estará entregado en tres meses”, dijo a los medios.

No fue así. El gerente, miembro del clan político de los Vives, aseguró que la Central estaba ejecutada en un 75% y que necesitaría 230 millones de pesos más para finalizarlo: 750 millones, en total, sumando el presupuesto inicial. Una barbaridad para una obra de vigas básicas, pasillos abiertos, ningún diseño y materiales baratos, que se la comía el óxido en ese momento por el abandono de toda una década.

Al final, la obra salió costando 2.500 millones de pesos, más de tres veces el elevado presupuesto que prometió ese gerente. Y no la entregaría Ordóñez Vives tres meses después, como lo prometió, sino el ministro de Obras, Jorge Bendeck, tres años más tarde (Acá, la nota de esa entrega). Lo acompañó entre aplausos el ministro de Comercio Exterior, Juan Manuel Santos. También ayudó la ignorancia del redactor de la nota, quien dijo que la obra sólo llevaba cinco años de construcción, cuando en realidad cumplía ya trece años.

Pero ¿cuál era la pista crucial? Yo no entendía.

¿De qué me hablaba el tipo cuando me decía que leyera eso y entendería la desaparición de Clara?

La segunda revelación

En su época de estudiante.

No había nada nuevo ahí, pensé. Le contesté al hombre. O mujer. Porque el correo era genérico, aunque sigo convencido de que es un hombre el que me ha escrito.

“Esa nota ya la había visto. Esos datos ya los tenía, aunque no incluí los nombres en el libro”, le dije, y le aseguré que lo había hecho porque prefería reflejar una realidad que ha afectado a familias desde Argentina, Chile, Brasil, y Uruguay hasta Colombia o Venezuela, pasando por naciones de Centroamérica y ahora México, que centrarme en una denuncia personal. La respuesta esta vez fue casi inmediata: “Píllese lo que pasó luego: mire esta nota en El Tiempo. Y avísame cuando acabe y le suelto otro dato que ando buscando”.

“¡Otra vez!”, me dije. Lo imaginé como un gran estafador que jugaba a darle vueltas a una respuesta y rastreaba lo que yo ya había buscado. Pero la leí.

“El liberal Álvaro Ordóñez Vives se posesionó ayer como nuevo alcalde distrital de Santa Marta, en remplazo de José Ignacio Vives Echeverría (Nacho Vives), quien renunció hace una semana al enterarse de un fallo del Consejo de Estado que le anuló definitivamente su credencial”.

Así era. El gerente de la Central de Transportes, donde trabajaba mi hermana, reemplazó al destituido alcalde de Santa Marta, el veterano político Nacho Vives. En realidad, el alcalde destituido nombró a su familiar para que continuara y todo quedara en familia.

Ordónez llegó al cargo en un momento de abundancia: Santa Marta acababa de ser nombrada Distrito Turístico. Eso, en pocas palabras, le significaba a la ciudad recibir la misma atención que Bogotá y Cartagena, y estar por encima del 85% del dinero que iba para el resto del país. Una pequeña mina de oro destinada, básicamente, a educación y salud. Que, como es hoy evidente, nunca le llegó a su población.

Releía sobre tema cuando me llegó otro mensaje. Ni siquiera esperó a que yo le contestara. Yo, por mi parte, ya veía la tendencia de lo que este personaje quería que entendiera.

Nuevos datos

“Mire, si yo le paso estos enlaces es para que me crea, porque o si no va a decir que le escribo pura paja. Píllese este, acá empieza a atar cabos. Es sobre el padrino político de su hermana, Salomón Saade.

“Yo sé que él le consiguió a ella el trabajo en la Central de Transportes. No sé bien cómo se conocieron, pero la ayudó con eso. Así funciona todo: tienes que conocer a un duro para que te den trabajo. Ese personaje era el político marrullero tradicional del Caribe: compraba votos en efectivo, regalaba ron, y apoyó durísimo a los paras. Era muy cercano a esa gente. Por eso lo inhabilitaron 20 años. Jorge 40 le ayudó con las elecciones al Congreso”.

O sea que el informante sí era cercano al poder, concluí. ¿Un personaje de bajo perfil que estuvo atento a todo y sabía en detalle los temas políticos que tardaron años en ser revelados a la prensa?… Le contrapregunté:

“Está claro: todos estaban involucrados. Todos eran corruptos. Todos robaban y además se metieron con los paras. Pero ¿por qué? ¿No les bastaba con el negocio que les había dejado la marihuana, la política y el envío de coca? ¿Y mi hermana qué tiene que ver en todo ese entramado?”. Quería respuestas más claras. Anhelaba preguntarle quién era, pero me refrené. Primero quería que llegara a algún lado. Igual, durante la novela investigué dos años y nadie me quiso responder nada. Al menos ahora había un hilo nuevo.

La respuesta demoró dos días en llegar. “Le agradezco que no me haya preguntado nada hasta ahora sobre mí porque le advierto (que) me pierdo de una. No puedo dar papaya. Yo no gano nada con esto. Sino que ajá, hay cosas que no pueden quedarse así no más. Igual la mayoría sabe todo lo que hizo y ya ni le importa lo que les digan sobre ellos: siempre son inocentes de todo.

“Vamos al grano, ya lo debo estar aburriendo: el otro día se me olvidó adjuntarle lo último que tenía recopilado. Es que vea, yo le reúno datos para que vea que no es carreta lo mío. Y al final de esto le doy mis conclusiones.

Cabos sueltos

Durante su primera comunión, con su hermano menor.

“Este es el primer artículo adicional de lo que reuní: Es de un decano de la Universidad del Magdalena. Un tipo serio. Ya vio que el dueño político de la Terminal era Saade, paramilitar confirmado. En esa nota confirman que ‘el Flaco’ Ordóñez Vives era respaldado políticamente por el barrio samario de La Picota, el senador Luis Eduardo Vives y Jorge 40, de quien ‘el Flaco’ fue su lugarteniente y jefe del cartel de la gasolina.

“Lo del cartel de la gasolina lo dice otro notable caído: el ex director del DAS Jorge Noguera, en un interrogatorio. Ahí clarito dice: ‘Álvaro Ordoñez Vives (era) gerente de una cooperativa indígena de gasolina con sede en Paraguachón, de la que recibió ayuda económica con el fin de “remodelar” la sede del DAS en dicha zona, la misma que fue allanada en varias oportunidades por sus supuestos vínculos con paramilitares’. Acá le copio la nota.

“¿Sabe además cuál fue el proyecto de Ley que pasó Ordónez Vives cuando estuvo en el Congreso? ¡Un homenaje a la población de Plato! Nada más. Le tengo el enlace si quiere, pero ajá, eso ya es carreta, anécdota. Digo, el man se dedicó a hacer negocios, como todos, antes y ahora”.

“Y lo último, sólo para que me crea lo que le voy a decir, porque sé que usted en el fondo no me cree, es de El Heraldo: ‘Álvaro Ordóñez Vives, conocido en Santa Marta como el ‘empresario de la gasolina’, en su condición de asesor de la Ayatawacoop, cooperativa de los indígenas de La Guajira”… dice ahí. En fin, yo no le he dicho nada nuevo hasta ahora: Son muchos los que lo saben: todo está publicado”.

Esa, precisamente, fue mi respuesta. Lo que había hecho hasta ese punto era recopilar una cantidad de información que vinculaba a la mafia con el paramilitarismo, con el narcotráfico y con la política.

Al menos sabía ya que el personaje encubierto no soltaba datos al azar, sino que procurara que todo estuviera documentado. ¿Algún académico, un investigador? ¿Quizás un funcionario público que tiene alma de analista de datos? Pero no tenía ninguna conclusión clara.

“Ahora, guarde esta información y borre todos estos correos. Bórrelos. Júremelo por Dios que lo hará. Yo no existo. Si me lo jura, le cuento lo que yo creo, pero de eso no tengo pruebas. Borre y vaya a la carpeta de eliminados y otra vez los elimina desde ahí. Prométame eso”.

"Borre todo"

Hasta ahora todo lo suyo sonaba fiable: todo había sido publicado y había fuentes claras. Me pareció lo justo: como periodista estaba obligado a respetar la fuente y a protegerla. Más, en un caso tan personal como la desaparición forzada de mi hermana, de la que no tenía evidencia contundente, salvo la investigación íntima y dolorosa de un libro que me desgarró el alma escribir. Copié las conversaciones en un archivo. Y le prometí borrar la cadena de mensajes. Después del siguiente mensaje, lo hice:

“Mire: el periodista Rodrigo Ahumada B., de Radio Galeón, fue asesinado ese mismo año. Acababa de denunciar los despidos masivos del alcalde Ordóñez Vives a la gente que no lo apoyara políticamente. Otra vez le copio el enlace pa’ que me crea. Ahumada lo había denunciado a él y a otros más por corrupción. En esa época además se negociaron a buen precio predios del Distrito para construir la Universidad Cooperativa: 32 mil metros cuadrados de supuesta donación, y usted sabe que esa buena voluntad no existe acá. ¡Ojalá!.

“Ahora, al grano: la guerrilla cometió barbaridades. Muchas. La peor fue meterse con el pueblo que defendía. Pero la peor para el país fue tocar los intereses de los políticos, que se armaron y se volvieron aliados de los paras. Ahí estaban todos metidos: narcos, políticos, paramilitares, el DAS (el más paramilitar de todos), contrabandistas, ejército, empresarios. La gente cree que los paras los defendían de la guerrilla, pero en realidad peleaban sólo por los del billete, no por el pueblo. Montaron el negocio más increíble de tráfico de gasolina desde Venezuela, de envío de droga, de concesiones viales, de plata del Distrito, del carbón, del Puerto, contratos, de recursos de la salud desviados, de la Zona Franca, del Terminal de Transportes, en fin, de todo, hasta con gringos aliados y presidentes apoyándolos.

“El personaje que aparece en casi todo lo que le mandé era uno de esos lugartenientes que comen medio callados y por eso sobreviven, pero no aguantaba no tener la razón. En esa época, hablar era un insulto. Y había muchos otros cercanos a él que por complacerlo hacían barbaridades. Ya sabe nombres. Ya sabe cómo y qué los unía. Ate cabos. Yo no le voy a decir exactamente el quién, pero blancos son, gallinas los ponen".

“Suerte. Y gracias por el libro. Me conmovió. Míreme: acá ando, tratando de hacer algo para que la historia no se acabe ahí”.

No le contesté. No concluiré nada por mi cuenta. Cumplí con borrar los correos, deber de todo periodista a quien la fuente le pide confidencialidad.

¿Y ahora? Muy poco, pienso. Faltan piezas. Toda mi familia migró del país después de ese hecho atroz. Falta todavía el detalle claro, preciso, de qué le sucedió. Igual, ¿necesito saberlo?

La historia, definitivamente, no ha terminado.

Por Kike Patiño

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