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26 de February de 2017

Un carnaval sin tambores

A las cuatro de la tarde del sábado de carnaval millares de personas, de todas las edades, razas y condición social, se aglomeraron en los alrededor de la carrera 19 y la calle 11 en Santa Marta para ver pasar la batalla de espuma, al son de tambores y caña de millo, tal como lo mandan las tradiciones culturales.  En pocos minutos estas arterias se convirtieron en un río humano.

Aunque el de Barranquilla es el más grande y el de mayor renombre y diversidad, casi todos los pueblos del Caribe colombiano tienen su carnaval y lo viven en forma similar con disfraces, parodias y danzas.  He venido notando con preocupación que solo unos cuantos de estos bailes conservan la picardía y el sabor de esa tradición centenaria; a pasos agigantados muchas de esas costumbres han comenzado a ser desplazadas por el facilismo y la modernidad.

Alcancé a apreciar unas 20 comparsas, muy llamativas por sus deslumbrantes vestidos y coreografía pero solo una de ellas tenía acompañamiento musical en vivo con tambora, saxo y clarinete, parece ser que la flauta de caña de millo desapareció por completo de estas orquestas. En los alrededores del sitio en donde me encontraba esa fue la danza que más aplausos y comentarios favorables generó.

Los demás bailes tenían como acompañamiento una ensordecedora planta eléctrica que se robaba parte de la armonía musical y un potente equipo de sonido. La música ya no eran los porros, cumbias, gaitas, mapalés u otros ritmos autóctonos de la región sino la proveniente de arreglos electrónicos y estribillos regetoneros invitando al sexo.

Hace poco asistí en Ciénaga al desfile central del tradicional festival nacional del Caimán, la apertura del carnaval en la región Caribe. Una fiesta que gira alrededor de la leyenda en la que el día de san Sebastián el anfibio raptó a una niña llamada Tomasita. En esta danza, en donde el llamador y el repique de tambores son esenciales para dar el compás rítmico a la historia cantada y a la entonación de los versos picarescos, también en su gran mayoría desaparecieron las tamboras.

A través de Telecaribe y las transmisiones por redes sociales que han realizado varios amigos he visto apartes de los desfiles en Barranquilla y el común denominador es el mismo; más plantas eléctricas y amplificadores de sonido y menos tradición.

Un colega de la capital del Atlántico, también inquieto con el tema, aseguró que el millo, el guache y la tambora son para espacios cerrados porque se ahogan en los desfiles, si ese es el caso será bueno utilizar los equipos para amplificar el sonido de estos instrumentos. Otros insinúan que contratar una tambora completa para un desfile sale más costoso que alquilar un equipo y una planta.

“Hay mujeres por montón / que suene la caña e millo / que traigan media de ron / que quiero menea el fondillo”, así, en una de sus inmortales canciones folclóricas, el maestro Mingo Martínez daba cuenta de la indisoluble unión que existía hasta hace unos años entre el tambor, la caña de millo y el carnaval. Es tal el divorcio de hoy día que con el carnaval está pasando lo mismo que con la navidad, no hay creaciones musicales nuevas que marquen la diferencia y en cada temporada escuchamos las mismas de ataño.

PD. Comentario aparte merece el carnaval de Pescaito. Tres divinas personas y un solo fin verdadero; Funcarpés, Fundapescaito y Fundación Pescaito Dorado. Plausible el trabajo para que la tradición del carnaval no muera en Santa Marta, para ello cada una recibe un aporte del Ministerio de Cultura, pero esa división ha desmejorado la calidad y la organización de los eventos no es la mejor.

Cada actividad cultural del carnaval la realizan doble y hasta triple, casi en el mismo sector y muchos seguidores quedan desorientados y no saben para dónde coger.

En la batalla de espuma uno de los desfiles salió de la Federación de cafeteros y tomó la carrera 16 hacia Pescaito, a la misma hora el otro salió de la carrera 19, dobló por la calle 11 y en la carrera 16 se encontraron, lo cual ocasionó que a uno de los desfiles le tocó esperar por más de una hora a que el otro terminara de pasar, generando desórdenes y ocasionando el retiro de varios grupos.

Aquí se podría decir que los paisanos de Carlos El Pibe Valderrama están desvirtuando su frase más célebre porque esas divisiones no está todo bien. Pareciera que ni la cultura les ha podido servir de puente para ponerse de acuerdo con un evento que se supone es el eje central de su actividad.

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